miércoles, 9 de diciembre de 2015
17: drama
Hace mucho que soy muy distinto a aquello que solía ser.
Cuando era niño, era muy diferente a lo que soy ahora.
Solía ser sarcástico, pues conocía de la ironía del mundo. Conocía que ser diferente a los demás era un privilegio, y me reía en la cara de aquellos que intentaban meterse conmigo. La vida era una broma: solo tenía que mirar directamente a sus ojos y ver el destello de risa que destilaban sus ojos desorbitados.
Antes no entendía el dramatismo romántico que envolvía todo el mundo que me rodeaba. Aunque eso no quiere decir que no fuera un romántico o que no sintiera tristeza. Simplemente, llevaba grabado aquel proverbio árabe: "Si tiene remedio, ¿por qué te quejas? Y si no tiene remedio, ¿por qué te quejas?" Es decir, no necesitaba quejarme, por que... no servía para nada. Ni necesitaba sentirme dolido por mi orgullo, ni ofendido normalmente. Y como decía mi madre, enfadarse tiene dos complicaciones: enfadarse y desenfadarse.
Creo que debería mirar atrás, al niño loco de felicidad que solía ser, y aprender de él.
Pues a él le debo el seguir aquí. Y eso es mucho.
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