lunes, 20 de octubre de 2014

3: locura

Y así queda tu mente. Como un castillo de arenisca demasiado viejo como para aguantar las ráfagas de viento de un mar terrible. Adiós al torreón, adiós al habla, adiós al puente levadizo, adiós a la lógica, adiós al techo, adiós a la visión controlada...
Poco a poco, solo quedan ruinas en tu mente. Y así, sin prisa, pero sin pausa, tu alma queda desnuda ante el derrumbamiento del pensamiento. Tratamientos fallidos intentan montar guardia en las ruinas de un castillo que ya es inexistente. Mientras tanto, tu cuerpo físico reposa en una sala completamente acolchada, para que no se destruya por la desesperación de no ser dirigida por ninguna mente, por no encontrar un intermediario ante las direcciones de un alma perdida.
Y, como un nuevo amanecer, el demente descubre que su castillo nunca se derruyó. Más bien, su castillo se transformó.
En cambio de cristal, madera, roca, teja, metal, arenisca, ideales y lógica, el loco observa como su castillo se ha elevado a quintaesencia, vacío, humo, materia de sombra, luz líquida, magia, secretos arcanos y respuestas sin preguntar.
Y como si por primera vez abriera los ojos, consigue ver. Consigue sentir el universo tal y como es en verdad. Consigue discernir entre el atrezzo y los actores; entre la tinta, el papel, el pincel y el artista; entre el escritor y su retahila; entre el instrumento y sus ondas musicales.

Porque, aún siendo un loco, sabe que la realidad no es más que la esencia de la enajenación.

Solo ajeno a la realidad, puede saberla de verdad.

No hay comentarios:

Publicar un comentario